"Abandonar, puede tener su justificación. Abandonarse, no  tiene justificación alguna".

Puede ser que si abandonas una lucha, te tachen de cobarde.  Me rio yo de eso, porque no creo que nadie quiera dejar de lado su sueño, su ilusión. Es muy probable que, para hacerlo, tenga que armarse de toda la valentía que guarda en sus reaños.

Pero como en todo, el debate se abre, habrá quien considere lo uno y quien considere lo otro. Yo no puedo más que poner como ejemplo aclaratorio, algo  de lo aprendido.

Cuando hace mucho viento, las ramas de los arboles se mecen a su son, no les queda otra, están expuestas a ese avatar sin remedio, no lo elijen ellas. Y aquella rama que se empecina en llevar la contraria a su dirección, lo más seguro es que acabe rota o desgajada. Su abandono tiene justificación, y lo hacen por sobrevivir.

En cuanto el viento o la tormenta cesan, vuelven a enfrentarse a la vida diaria, sin abandonarse, tomando la sabia que les hace falta para conseguir sus frutos, sus hojas, y seguir creciendo.

Cuando leo algún libro, alguna historia, fabula o cuento, le trato de sacar todo aquello que pueda servirme. Según el momento que me toque estar viviendo, los derroteros me llevaran a sacar provecho de una frase  o un párrafo, irán por un sitio o por otro. Y fácilmente, al cabo del tiempo, la historia que me ayudo por un motivo, puede ayudarme por otro, porque le encuentro algo diferente, que en su momento no vi, sencillamente porque mis sentidos no estaban abiertos a ello.

Esto también me pasa cuando escribo. Cuando releo lo escrito, descubro cosas que, tan siquiera, sabía que habían salido de mis dedos.  Creo que porque unas las escribo conscientemente y otras las escribe mi subconsciente sin yo darme cuenta. Precisamente de estas, son de las que aprendo más, porque son las que sacan temores y verdades que tapo para evitarme el daño.

Os preguntareis el porqué de esta explicación, pues ahora y a través de este cuento os lo digo. Es algo que leí hace tiempo, por lo que en estos momentos os lo contare como lo recuerdo y a mí manera, mejor dicho, como lo siento por lo que estoy viviendo ahora.

Erase una rueda de carro que hacía tiempo que había perdido un eje, por lo que a raíz de esta perdida, permanecía quieta y sin moverse, regodeándose en su dolor, creyendo que sin ese eje no podría seguir rodando.

Hasta que pasado un tiempo, decidió que a lo mejor no fuera así o que, tal vez, podría recuperar su eje perdido, o uno  nuevo que encajara en su engranaje. Pero quedándose allí, parada y quieta, seguro que lo único que conseguiría seria abandonarse y morir poco a poco.

Al amanecer siguiente, en cuanto despuntó el día, se puso en camino. Su rodar era lento, estaba entumecida y la falta de ese eje la desequilibraba si no iba con cuidado.

Esto le permitió fijarse, con detenimiento, en los lugares que pasaba, ver todos los colores de las cosas, percibir el olor que todas desprendían, escuchar los sonidos que cada una tocaba. La naturaleza entera se le descubría  como algo nuevo u olvidado. Cuando estaba entera corría demasiado y no lo apreciaba.

Se encontró en su camino otras ruedas, jóvenes y nuevas que más que rodar pasaban volando por su lado, raudas y veloces, levantando polvo y sin mirarla. Otras que, como ella, también viajaban despacio por pérdidas sufridas  y que como ella también buscaban.

A veces, a un lado de una encrucijada, encontraba algún eje perdido, lo tomaba y se lo probaba para ver si era de su medida, andaba con él un trecho del camino, a veces corto, otras más largos, pero al final lo desechaba, no eran como el suyo.

Siguió buscando durante mucho tiempo, sin saber que ya había encontrado lo que necesitaba. Hasta que un día se vio reflejada en un riachuelo que cruzaba y vio su alegría, su felicidad. ¡Eso era!, no importaba que le faltara un eje, lo importante era no dejar de rodar y ser ella, vivir y disfrutar del camino.

Espero que os sirva para tener un feliz día. Un abrazo enorme.